Muy querida, visitaba el pueblo desde que los primeros abuelos aprendieron a contar las estrellas. Doña Berenice, traía siempre deliciosos elixires consigo, aquel que los tomaba, si los tenia bien puestos, podía asomarse un ratito al lugar donde la carne no duele, al mundo de los siempre alegres. Los afortunados, los más fuertes que aguantaban el chingadazo de esos licores, se quedaban a vivir en ese otro sitio por años, regresando más sabios y felices, prestos a gobernar las comunidades de los alrededores, a ser ricos terratenientes o prósperos comerciantes, los que no soportaban el placer de esa magia se perdían en el limbo de la soledad.
Se cuenta que un hombre, el más inteligente y lúcido que alguna vez piso esta tierra logró quedarse allá para siempre, y es a él a quién Doña Berenice entrega su cuerpo todas las noches cuando deja el pueblo y regresa a su paraíso.